- El periodismo se ha consolidado como cuarto poder gracias a teóricos, reporteros y narradores que han definido su papel social y democrático.
- Figuras como Barthes, Castells, Habermas, Lazarsfeld o McLuhan cambiaron la forma de analizar medios, lenguaje, poder y sociedad de la información.
- Pioneras como Francisca de Aculodi, Carmen de Burgos o Nellie Bly, y referentes como Capote, Walsh o Kapuściński, ampliaron los límites del oficio.
- Las nuevas generaciones necesitan recuperar estos modelos para sostener un periodismo independiente, crítico y éticamente sólido.

Hablar de ilustres del periodismo es asomarse a una galería inmensa de teóricos de la comunicación, reporteros de guerra, cronistas, fotógrafos y narradores que han dado forma a lo que hoy entendemos por informar. Desde quienes pusieron las bases teóricas del análisis de los medios hasta las voces que han contado guerras, revoluciones y grandes escándalos políticos, el periodismo se ha construido a golpe de ideas, oficio y, muchas veces, de riesgo personal.
En estas líneas vamos a recorrer, con bastante calma y cierto tono de charla entre colegas, el universo de esos nombres imprescindibles que todo estudiante y profesional del periodismo debería conocer. Aparecerán padres de la sociología y de la teoría crítica, pioneras que se abrieron paso cuando las redacciones eran territorio casi exclusivo de hombres, cronistas literarios que convirtieron los hechos en relatos inolvidables y reporteros de guerra que se jugaron la vida para contar lo que otros querían ocultar.
Teóricos y pensadores que cambiaron la forma de entender la comunicación
El periodismo no solo se hace en la calle o en la redacción: también se piensa en las aulas y en los ensayos. Buena parte de lo que hoy consideramos obvio —el papel de los medios en la democracia, los efectos de la propaganda o el poder del lenguaje— se debe a un puñado de teóricos que se adelantaron a su tiempo.
Roland Barthes y la lectura crítica de los signos
Roland Barthes, nacido en 1915 en Cherburgo y fallecido en París en 1980, fue uno de los grandes responsables de que hoy hablemos de semiología y análisis crítico de los medios. Formado en el Collège de France y muy respetado en el mundo académico, cada texto suyo levantaba polvareda: sus libros de juventud como «El grado cero de la escritura», «Elementos de semiología» o «Crítica y verdad» cuestionaban la crítica literaria tradicional y las lecturas únicas de los textos.
Barthes se nutrió de la lingüística de Saussure, del pensamiento simbólico de Cassirer, de la vanguardia de Philippe Sollers y de la fenomenología de Levinas, Husserl o Heidegger. Sentía especial devoción por Flaubert, tanto por su prosa como por su obsesiva manera de construir la forma literaria. Fundó la revista Théâtre Populaire y fue director de estudios en la École Pratique des Hautes Études, contribuyendo a lo que se llamó la «nueva crítica».
Su producción es amplísima: de la crítica literaria heterodoxa a reflexiones sobre la historicidad del lenguaje en «El grado cero de la escritura». Defendió que todo texto admite múltiples sentidos y que lo decisivo está en el signo, no solo en el argumento. Libros como «Mitologías», «Ensayos críticos», «Roland Barthes por Roland Barthes», «La aventura semiológica» o «Fragmentos de un discurso amoroso» son ya clásicos. Con «Elementos de semiología» o «El sistema de la moda» se convirtió en piedra angular de la semiología moderna.
Manuel Castells y la era de la información
El catalán Manuel Castells, nacido en 1942 y exiliado en Francia durante la dictadura franquista, es uno de los grandes nombres cuando se habla de sociedad de la información, redes y tecnología. Profesor durante décadas en la Universidad de Berkeley, se propuso algo muy difícil: generar conocimiento sólido en un mundo saturado de datos.
Su trilogía «La era de la información» es casi lectura obligada para quien quiera entender la revolución tecnológica contemporánea. En ella analiza cómo internet y las nuevas tecnologías reconfiguran la economía, la política y la vida cotidiana, y no se queda en las consecuencias más evidentes. Para Castells, tres condiciones marcan la pertenencia plena al mundo actual: acceso a información, conocimiento y tecnología. La carencia de cualquiera de ellas alimenta desigualdades, pobreza e injusticia social.
Entre sus obras se cuentan títulos como «La ciudad y las masas: sociología de los movimientos urbanos», «La lucha de clases en Chile», «La cuestión urbana», «Nuevas perspectivas críticas en educación» y «La sociedad de la información». Sus tesis han influido profundamente en la forma de pensar la comunicación digital y sus implicaciones democráticas.
Jean Cazeneuve y la pedagogía de los medios
Menos citado en manuales universitarios, pero muy influyente, el francés Jean Cazeneuve fue un investigador clave de los medios de comunicación de masas. Doctor en Filosofía y Letras y formado en la École Normale Supérieure, empezó con trabajos etnográficos en Oriente Medio y Nuevo México, hasta que su nombramiento como director científico del Centre National de la Recherche Scientifique lo orientó de lleno hacia la comunicación.
Fue profesor de sociología en la Sorbona, lideró la Asociación Internacional de Sociólogos de Lengua Francesa e impulsó la investigación en cine, radio, televisión y prensa. Estaba convencido de que la pedagogía es una de las herramientas más poderosas de la humanidad, por lo que se volcó en proyectos de radiotelevisión escolar. Entre sus libros destacan «La sociedad de la ubicuidad», «El hombre telespectador: homo telespectador», «Sociología del rito» y «Sociología de la radiotelevisión».
Émile Durkheim: el hecho social como objeto de estudio
Émile Durkheim, nacido en 1858 y fallecido en 1917, es uno de los padres de las ciencias sociales. Sostuvo que los fenómenos sociales debían tratarse como “cosas” observables y medibles, algo revolucionario para su época. Ocupó cátedras de pedagogía y ciencias sociales en Burdeos y fue el primer profesor de sociología en la Sorbona, lo que marca el arranque institucional de la disciplina en Francia.
Su propuesta de articular distintas disciplinas para estudiar la sociedad está en el origen del funcionalismo y el estructuralismo, dos corrientes que han influido directamente en los estudios de comunicación. Entre sus obras fundacionales están «La división del trabajo social», «Las reglas del método sociológico», «El suicidio» y «Las formas elementales de la vida religiosa». Tras su muerte se editaron, a partir de artículos en la revista que él mismo fundó, «L’Année Sociologique», volúmenes como «Educación y sociología», «Sociología y filosofía», «La educación moral» y «El socialismo».
Néstor García Canclini y las culturas híbridas
El argentino-mexicano Néstor García Canclini es uno de los grandes referentes en estudios culturales latinoamericanos y comunicación. Instalado en México, ha construido su obra a partir de experiencias vitales y de una observación muy pegada al terreno: culturas populares, globalización, imaginarios urbanos y cultura mediática.
Ha dirigido el Programa de Estudios sobre Cultura Urbana en la UNAM y ha sido profesor en universidades de Austin, Barcelona, Buenos Aires, São Paulo y Stanford. Sus trabajos le valieron la beca Guggenheim y el Premio Casa de las Américas por «Las culturas populares en el capitalismo». Su libro «Culturas híbridas: estrategias para entrar y salir de la modernidad» es considerado un clásico y recibió el Book Award de la Latin American Studies Association.
Otras obras, como «La globalización imaginada» o «Arte popular y sociedad en América Latina», exploran cómo se entrecruzan estética, mercado, política y medios de comunicación, ofreciendo claves imprescindibles para entender la producción simbólica en la región.
Román Gubern y el poder de la imagen
El barcelonés Román Gubern, nacido en 1934, es uno de los teóricos contemporáneos que mejor ha sabido conectar los estudios sobre imagen, cine y nuevas tecnologías. Ha investigado en el MIT, enseñado en California y dirigido el Instituto Cervantes de Roma, además de presidir la Asociación Española de Historiadores del Cine. Profesor de comunicación audiovisual en la Autónoma de Barcelona, se ha especializado en la semiótica de la imagen y la cultura visual.
Su bibliografía es extensa: «Mensajes icónicos en la cultura de masas», «Historia del cine», «El simio informatizado», «La mirada opulenta», «La imagen pornográfica y otras perversiones ópticas», «Espejo de fantasmas. De John Travolta a Indiana Jones», «Del bisonte a la realidad virtual» o «El eros electrónico». A través de ellos analiza cómo las imágenes y la tecnología modelan nuestra percepción del mundo, algo crucial para cualquier periodista que trabaja en entornos audiovisuales.
Habermas, Horkheimer, Hovland, Lasswell, Lazarsfeld, McLuhan y otros clásicos imprescindibles
El alemán Jürgen Habermas, nacido en 1929, parte de la tradición de la Escuela de Fráncfort pero la lleva más lejos con su Teoría de la acción comunicativa, publicada en 1981. Tras trabajar con Adorno y enseñar en Heidelberg y Fráncfort, centra su investigación en la comunicación de masas y la socialización política. Obras como «Historia y crítica de la opinión pública», «Teoría y praxis», «Ciencia y técnica como ideología» o «El discurso filosófico de la modernidad» son claves para entender la esfera pública, el debate democrático y el papel de los medios.
Max Horkheimer, director del Instituto de Investigación Social desde 1930 y exiliado en EEUU durante el nazismo, contribuyó decisivamente a la Teoría Crítica. Consideraba que los medios podían funcionar como mecanismos de control social, generando irracionalidad y pasividad. Sus libros «Teoría crítica», «Historia, metafísica y escepticismo» o «Las funciones de las ideologías» han marcado durante décadas la reflexión sobre industria cultural y comunicación de masas.
Carl Hovland, psicólogo formado en Yale, fue uno de los pioneros en estudiar la persuasión mediática desde la psicología experimental. A partir de su trabajo con el ejército estadounidense durante la Segunda Guerra Mundial, analizó cómo los mensajes podían cambiar actitudes en función de variables como la edad, la educación, las creencias previas o la autoestima del receptor. Es uno de los padres de la corriente de los «efectos limitados». Entre sus obras destacan «Experiments in Mass Communication», «Communication and Persuasion» y «Order of Presentation in Persuasion».
Harold Lasswell, politólogo estadounidense (1902-1978), es conocido por su modelo de comunicación: ¿Quién dice qué, en qué canal, a quién y con qué efecto?. Fue de los primeros en estudiar seria y sistemáticamente la propaganda y la influencia de los medios en elecciones y sistemas políticos. Investigó en la Universidad de Chicago y Yale, dirigió proyectos sobre comunicación en la Biblioteca del Congreso y formó parte de la Comisión Hutchins sobre la libertad de prensa. Entre sus obras figuran «Propaganda Technique in the World War», «Psychopathology and Politics», «Politics: Who Gets What, When, How», «Power and Personality» o «The Structure and Function of Communication in Society».
Paul Lazarsfeld (1901-1976), sociólogo austro-estadounidense, demostró empíricamente que los medios tienen efectos fuertes pero mediados por factores sociales. Dirigió la Office of Radio Research en Princeton y después el Departamento de Sociología de Columbia. Sus estudios sobre campañas electorales, como «The People’s Choice», mostraron la importancia de los líderes de opinión y reforzaron la idea de efectos limitados. Otras obras suyas son «Metodología de las ciencias sociales», «La sociología y el cambio social» o «El pueblo elige».
Marshall McLuhan, canadiense nacido en 1911, dio un giro radical a la reflexión sobre los medios al afirmar que “el medio es el mensaje”. Estudió literatura en Manitoba y se doctoró en Cambridge, donde se apasionó por la retórica y el lenguaje. Para él, los medios no eran solo canales de contenidos, sino extensiones de los sentidos y del cuerpo humano: la rueda, la televisión o el ordenador remodelan la percepción y las relaciones sociales. Popularizó la noción de «aldea global» para describir un mundo interconectado por flujos de información. Obras como «La galaxia Gutenberg», «Comprender los medios de comunicación» o «El medio es el mensaje» siguen generando debates intensos.
Otros nombres como Janet Murray (especialista en narrativa interactiva y videojuegos, autora de «Hamlet en la holocubierta»), Max Weber (fundador de la sociología comprensiva y autor de «La ética protestante y el espíritu del capitalismo» o «Economía y sociedad») o C. Wright Mills (con «La imaginación sociológica» y «La élite del poder») han enriquecido el marco teórico desde el que analizamos el papel del periodismo y los medios en la sociedad contemporánea.
El periodismo como cuarto poder: de los orígenes a la sociedad mediática
En la Edad Media el poder se repartía, grosso modo, entre nobleza, clero y pueblo llano, con estos dos primeros controlando casi todos los recursos. Con el tiempo se consolidó la división moderna de poder ejecutivo, legislativo y judicial. Pero ya en el siglo XIX apareció un nuevo actor con vocación de vigilar a los otros tres: la prensa, el llamado «cuarto poder».
El periodismo tal y como lo reconocemos hoy arranca a comienzos del siglo XIX. Antes había hojas de noticias, pasquines y folletos comerciales, como los boletines económicos que circulaban por los puertos venecianos, pero era un ecosistema aún disperso. Con el aumento de la alfabetización y la urbanización, surgió una demanda creciente de información diaria y organizada sobre política, economía y vida cotidiana.
La consolidación de periódicos con redacciones estables y profesionales formados fue transformando el oficio. La prensa empezó a fiscalizar gobiernos, parlamentos y tribunales, a denunciar abusos y a abrir debates públicos. Esa función de contrapeso frente al poder político y económico es la que justifica que se hable del periodismo como cuarto poder en una democracia.
El desarrollo tecnológico fue determinante: la imprenta de vapor y la rotativa abarataron la producción masiva de diarios; más tarde llegarían la radio y la televisión, y hoy internet y las redes sociales. Cada salto tecnológico ha ampliado la audiencia y ha obligado al periodista a reinventarse, pasando de ser un mero transmisor de hechos a desempeñar un papel de intérprete, analista y narrador en tiempo real.
Pioneras y pioneros del oficio: cuando informar era ir a contracorriente
La historia del periodismo está llena de gente que nadó a contracorriente. Esto es especialmente visible en el caso de las mujeres que quisieron ser periodistas cuando casi todo el sistema estaba pensado para excluirlas, pero también en autores románticos o cronistas que usaron la prensa para remover conciencias.
Francisca de Aculodi: una impresora que hizo historia
En el siglo XVII, en San Sebastián, Francisca de Aculodi tomó las riendas de la imprenta de su marido tras enviudar y lanzó una publicación titulada «Noticias Principales y Verdaderas». Estamos hablando, ni más ni menos, de una de las primeras mujeres periodistas documentadas, anterior incluso a la inglesa Elizabeth Mallet.
Su gaceta se editaba de forma periódica y ofrecía al público una información continuada sobre acontecimientos relevantes, adelantándose a lo que luego sería la prensa moderna. En una época en que el acceso de las mujeres a cualquier profesión era muy limitado, Francisca convirtió la imprenta en una plataforma de información regular, demostrando que también ellas podían desempeñar un papel clave en la esfera pública.
Carmen de Burgos, Josefina Carabias y otras españolas que abrieron camino
Carmen de Burgos, conocida con el seudónimo de Colombine, es considerada la primera periodista profesional en España. Fue cronista, corresponsal en Europa y defensora incansable de la igualdad de género y el sufragio femenino. Cubrió, entre otros hechos, la derrota del Barranco del Lobo en Marruecos, demostrando que las mujeres también podían hacer periodismo de guerra.
Sus artículos abordaban temas sociales espinosos, y su perfil combativo levantó ampollas en una sociedad profundamente patriarcal. Aun así, su nombre quedó asociado a un periodismo comprometido, que veía la información como herramienta para combatir la injusticia y la discriminación.
Josefina Carabias, nacida en 1908 y licenciada en Derecho, se adentró en un mundo de redacciones dominado por hombres y logró consolidarse como una de las grandes cronistas del siglo XX. Trabajó en múltiples medios, escribió de política, deporte y vida internacional y vivió el exilio tras la Guerra Civil. Durante la dictadura tuvo que firmar con seudónimo, pero nunca abandonó el oficio, convirtiéndose en referente para las periodistas que llegaron después.
Víctor Hugo, Larra y Dickens: el romanticismo se cuela en la redacción
Al margen de las pioneras, muchos autores del siglo XIX ejercieron un periodismo que hoy calificaríamos de romántico y comprometido. Víctor Hugo, célebre por novelas como «Los miserables», utilizó también los periódicos para opinar sin pelos en la lengua sobre política, libertad y justicia. Sus textos periodísticos tenían la misma potencia retórica que sus obras literarias.
Mariano José de Larra, en España, fue una de las plumas más afiladas del Romanticismo. Sus artículos, llenos de ironía y melancolía, retrataban con crudeza los defectos de la sociedad española de su época: burocracia absurda, atraso, hipocresía. Se sirvió del periodismo para denunciar vicios colectivos y reclamar modernización. Su figura quedó mitificada tras su trágico suicidio, pero su influencia en el género de la columna y del artículo de opinión llega hasta hoy.
Charles Dickens, por su parte, empezó como reportero y cronista en Inglaterra. Antes de convertirse en el gran novelista victoriano, recorrió los barrios pobres de Londres, visitó orfanatos y fábricas, y dio cuenta de las condiciones infrahumanas en que vivían las clases trabajadoras. Su periodismo, muy pegado al terreno, se convirtió en la materia prima de novelas que, como «Oliver Twist» o «Tiempos difíciles», pusieron rostro a los olvidados del sistema.
Periodismo de investigación y narrativa: cuando contar implica destapar
A medida que el oficio maduraba, algunos reporteros comenzaron a ir más allá del suceso inmediato y se adentraron en lo que hoy llamamos periodismo de investigación. Otros decidieron contar los hechos con herramientas cercanas a la literatura, dando forma a lo que se conoce como novela de no ficción o periodismo narrativo.
Nellie Bly: infiltrarse para cambiar un sistema
Nellie Bly, seudónimo de Elizabeth Jane Cochrane, se convirtió en leyenda del oficio a finales del siglo XIX. Para evidenciar las condiciones inhumanas en un manicomio de Nueva York, se hizo pasar por paciente y consiguió ser internada. El reportaje resultante, publicado en el New York World, destapó malos tratos, negligencias y abusos y obligó a acometer reformas en el sistema de salud mental.
Su carrera estuvo plagada de gestos audaces, como la famosa vuelta al mundo en 72 días inspirada en Julio Verne. Más allá del espectáculo, su trabajo mostró que el periodismo puede ir de la mano de la acción directa y la denuncia documentada, y que una sola periodista puede mover estructuras enteras cuando saca a la luz lo que todos prefieren esconder.
Truman Capote, Rodolfo Walsh y García Márquez: la realidad escrita como novela
Truman Capote revolucionó el género con «A sangre fría», donde relató un crimen real en Kansas tras años de entrevistas e investigación. El libro mezclaba rigor periodístico con técnicas propias de la novela: escenas dialogadas, descripciones minuciosas, cambios de punto de vista. El resultado fue un clásico que abrió la puerta a la novela de no ficción.
En América Latina, Rodolfo Walsh firmó «Operación Masacre», una investigación sobre fusilamientos ilegales en Argentina. Empezó con una frase demoledora: «Hay un fusilado que vive». A partir de ahí reconstruyó los hechos con precisión quirúrgica y narración tensa. Su trabajo, que le costaría la vida años después bajo la dictadura, es un ejemplo extremo de periodismo como acto de justicia.
Gabriel García Márquez, antes de ser Nobel de literatura, se curtió como reportero. Siempre defendió que el periodismo era «el mejor oficio del mundo» y practicó una crónica que combinaba olfato narrativo, investigación y sensibilidad social. Sus reportajes y crónicas, muchos escritos en Colombia y luego en México, demostraron que se puede contar la realidad con la profundidad de una novela sin inventar un solo dato.
Woodward y Bernstein: Watergate y el poder de la investigación
Bob Woodward y Carl Bernstein, reporteros del Washington Post, llevaron el periodismo de investigación a la portada de la historia con el caso Watergate. A fuerza de cruzar documentos, cultivar fuentes y resistir presiones, sacaron a la luz una trama de espionaje político, encubrimiento y abusos de poder que terminó con la dimisión del presidente Richard Nixon.
Su trabajo demostró que, cuando se ejerce con rigor, el periodismo de investigación puede alterar el curso político de un país y reforzar el papel del cuarto poder. Desde entonces, sus nombres se citan como modelo de perseverancia ética y metodológica para quienes se meten en terrenos incómodos.
Figuras internacionales que dejaron huella en la profesión
Más allá de los nombres ya mencionados, el periodismo internacional está lleno de figuras que, desde diferentes trincheras, han cambiado la forma de entender el oficio: desde editores que impulsaron los premios más prestigiosos hasta fotoperiodistas de guerra o cronistas de conflictos olvidados.
Joseph Pulitzer: entre el sensacionalismo y la excelencia
Joseph Pulitzer, inmigrante húngaro afincado en Estados Unidos, fue el editor que convirtió el New York World en un periódico masivo mediante titulares llamativos, ilustraciones y campañas agresivas. Se le asocia al sensacionalismo, sí, pero también a la defensa de los sectores populares y de causas sociales.
Su legado más duradero son los premios que llevan su nombre, los Pulitzer, que reconocen cada año trabajos de excelencia en periodismo, literatura y música. Es un contraste interesante: alguien que utilizó tácticas muy comerciales para atraer lectores y que, al mismo tiempo, dejó un instrumento para premiar el mejor periodismo posible.
Robert Capa y Martha Gellhorn: contar la guerra desde la primera línea
Robert Capa, nacido Endre Ernő Friedmann, fue uno de los grandes fotógrafos de guerra del siglo XX. Con su compañera Gerda Taro documentó la Guerra Civil española y después cubrió la Segunda Guerra Mundial, incluido el desembarco de Normandía, y la Guerra de Indochina. Sus imágenes son sinónimo de realismo crudo y proximidad al frente.
Martha Gellhorn, por su parte, fue una de las grandes corresponsales de guerra. Cubrió España, la Segunda Guerra Mundial, el desembarco de Normandía y otros muchos conflictos. Sus crónicas no se limitaban al movimiento de tropas: se centraban en las vidas de civiles y soldados rasos, poniendo el foco en el coste humano de la guerra. Su nombre suele aparecer ligado al de Hemingway, pero su trayectoria propia basta para situarla entre las grandes del oficio.
Innovadores de estilo: entrevistas, nuevo periodismo y mirada global
Además de investigar o cubrir guerras, muchos periodistas han dejado huella por cómo contaban lo que veían. Innovaron en el género de la entrevista, mezclaron literatura y periodismo o se especializaron en explicar conflictos internacionales desde perspectivas poco habituales.
Oriana Fallaci y la entrevista como combate
La italiana Oriana Fallaci se hizo famosa en los años sesenta y setenta por sus entrevistas sin concesiones a presidentes, dictadores y líderes políticos. No se limitaba a hacer preguntas amables: interpelaba, discutía, opinaba y dejaba claro su punto de vista, algo muy alejado del estilo neutro tradicional.
Su libro «Entrevistas con la historia» recoge algunas de esas conversaciones con figuras clave del siglo XX. También fue reportera de guerra, por ejemplo en Vietnam o durante la masacre de Tlatelolco en México, donde estuvo a punto de morir. Su estilo marcó a toda una generación y abrió la puerta a una entrevista más personal, política y arriesgada.
Tom Wolfe, Hunter S. Thompson y el nuevo periodismo
Tom Wolfe fue uno de los padres del llamado «nuevo periodismo» en Estados Unidos. Apostó por aplicar recursos de la novela —escenas, diálogos, descripciones extensas— a reportajes sobre temas tan diversos como carreras de coches, astronautas o estilos de vida urbanos. Con ello consiguió piezas de gran fuerza narrativa sin abandonar la base factual.
Hunter S. Thompson llevó esta mezcla todavía más lejos con el «periodismo gonzo». En lugar de ocultarse detrás de una supuesta objetividad, se colocaba en el centro del relato: su punto de vista, sus excesos y sus filias formaban parte de la historia. Textos como «Miedo y asco en Las Vegas» ejemplifican esta inmersión radical, que ha influido en muchos cronistas posteriores.
Ryszard Kapuściński: el corresponsal que veía más allá de la noticia
Ryszard Kapuściński, periodista polaco, se especializó en cubrir golpes de Estado, guerras y procesos de descolonización en África, Oriente Medio y América Latina. Sus libros, como «Ébano» o «El Sha o la desmesura del poder», combinan crónica, historia, reflexión y literatura, y muestran una mirada profunda sobre las sociedades que visitaba.
Para muchos, Kapuściński encarna al corresponsal que no se contenta con despachar teletipos rápidos, sino que busca entender y explicar las raíces culturales, políticas y humanas de los conflictos que cubre.
Escritores que cruzaron la frontera hacia el periodismo
Muchos escritores de renombre empezaron como periodistas o alternaron ambos mundos. Esta doble condición enriqueció sus obras y dejó, de paso, piezas periodísticas de enorme valor literario.
Ernest Hemingway, John Reed y Dorothy Lawrence
Ernest Hemingway trabajó como reportero y corresponsal antes y durante su consagración literaria. Cubrió, entre otros escenarios, la Guerra Civil española, experiencia que nutrió obras como «Por quién doblan las campanas». Su estilo seco y directo, basado en frases cortas y detalles concretos, influyó tanto en el periodismo como en la narrativa.
John Reed es recordado sobre todo por «Diez días que estremecieron al mundo», su crónica apasionada de la Revolución rusa. Fue testigo directo de los acontecimientos y los narró con una mezcla de compromiso político y ambición literaria, convirtiendo su libro en un clásico de la crónica de revoluciones.
Dorothy Lawrence llevó el afán de contar hasta el extremo de disfrazarse de hombre para poder ser corresponsal en el frente durante la Primera Guerra Mundial, algo vedado a las mujeres. Logró infiltrarse entre las tropas y escribir sobre lo que veía, desafiando prohibiciones de género y normas militares. Aunque su historia quedó durante mucho tiempo en segundo plano, hoy se la reivindica como pionera de la corresponsalía de guerra femenina.
Referentes actuales y necesidad de modelos para las nuevas generaciones
En las últimas décadas, distintas investigaciones sobre la profesión han puesto sobre la mesa una preocupación recurrente: a los jóvenes periodistas les faltan referentes claros en las redacciones tradicionales. Muchos veteranos se han ido marchando tras sucesivas crisis económicas, y su experiencia no siempre se ha recogido en libros o entrevistas.
De ahí el valor de trabajos como «Periodismo. Entrevista a trece grandes», del mexicano Juan Carlos Núñez Bustillos, que recoge conversaciones con corresponsales de guerra, cronistas, fotoperiodistas y reporteros de investigación, entre otros. Núñez convivió con muchos de ellos entre 1996 y 2020 y quiso dejar constancia de cómo trabajan, qué valores los guían y cómo entienden el oficio. Entre las voces incluidas están Miguel Ángel Bastenier, Arturo Pérez-Reverte, Juan Villoro, Jon Lee Anderson, Vicente Leñero, Alejandra Xanic o Yolanda Zamora.
En la presentación del libro, la investigadora María Elena Hernández Ramírez subrayaba la importancia de estos retratos para estudiantes y periodistas en activo, porque ayudan a recuperar el amor por un oficio exigente pero apasionante, y a fijar estándares éticos y profesionales en un entorno cada vez más precario y polarizado.
Profesión, vocación y oficio: qué nos enseñan los ilustres del periodismo
Si hay un hilo que cose todas estas trayectorias tan distintas es la idea de que el periodismo, más que una simple carrera, es un oficio que se aprende haciéndolo, combinado con una vocación por comprender y contar el mundo. Algunos, como García Márquez, Oriana Fallaci o Alma Guillermoprieto, estudiaron o ejercieron el periodismo de forma más o menos reglada; otros, como Hemingway o Reed, llegaron desde la literatura o la militancia política.
En todos los casos, se percibe una mezcla de curiosidad insaciable, resistencia a las presiones del poder y voluntad de dar voz a quienes normalmente no la tienen. También hay mucho de sacrificio personal: guerras, exilios, censura, precariedad o riesgos físicos han acompañado históricamente a quienes se han tomado el periodismo muy en serio.
Por eso, repasar la vida y obra de estos ilustres no es un mero ejercicio de erudición, sino una forma de recordar que el periodismo solo mantiene su condición de «cuarto poder» cuando quienes lo ejercen se empeñan en ser libres, rigurosos y honestos, incluso cuando el contexto —político, económico o empresarial— empuja justo en la dirección contraria.

